Como tantos días, un grupo de jóvenes se paró frente al balcón de su casa, un rincón poco transitado, con unas escaleras que dan a una puerta muerta, al lado de la plaza de Santa Ana. Usan las escaleras para sentarse y dejar sus latas de cerveza o sus litronas de energéticos; allí hacen sus canutos y se los fuman con cierta discreción. Alguna vez, por ser demasiado tarde o la escandalera insoportable, ha tenido que asomarse al balcón y recriminar, con más o menos éxito, la algarabía de algún grupo.
Aquella tarde eran siete u ocho pibes quinceañeros y no gritaban ni molestaban a nadie. Él se asomó al balcón por curiosidad y para estirar las piernas. Allí abajo, un par de ellos, sentados en la escalera liaban sus cigarrillos; los demás, de pie, reían y se atropellaban a empellones físicos y verbales. Nada diferente de tantas tardes.
—Un moro— dijo de pronto uno de ellos, por lo bajo, preocupado y señalando con un ligero movimiento de cabeza hacia el balcón.
Quedaron todos en silencio. Terminaron de liar los cigarrillos con prisas y nervios. Se fueron levantando y, como con disimulo y miedo, miraban al balcón y seguían su camino.
En verano, si está solo y no espera visitas acostumbra a ponerse una especie de chilaba que compró en Marrakech hace mil años.
Uno de ellos antes de llegar a la esquina, aún miró hacia atrás con recelo.
Después él, desde el balcón, también.
Carlos Álvarez [2007]
Este relato pertenece a la colección King’s Incunabula Books of Herminia & Javier.






PRIMICIA
Inútiles,
El 5 de junio de 2005, en la terraza de la habitación 1137 de un hotel de Varadero, sobre la hamaca, el cliente P. Lafargue olvidó un libro (Cuentos. Augusto Monterroso. Alianza editorial. 1979) y una servilleta de papel entre las páginas 106 y 107 con una nota a mano: